¿De verdad quieres aprender chino?

Hace algunos años decidí que quería aprender chino. Así, de forma genérica. En fin, China es el gigante dormido, todo apunta a que será (si no es ya) una de las potencias dominantes en el futuro, en el mundo de los negocios puede ser un plus tener conocimientos del idioma… Así que me busqué un par de libros y venga, “a aprender chino”. Pasadas un par de semanas, mi intentona había quedado abandonada.

Aprender es difícil, requiere esfuerzo, dedicación, tiempo. La ilusión del inicio se acaba pronto, y es necesario tener una motivación subyacente, algo que realmente nos haga mantenernos firmes en nuestra intención de aprender.

¿Cuál es tu motivación? Desde luego, la mía para aprender chino era muy difusa, y como el tiempo se encargó de demostrar, insuficiente. Realmente yo no me veía “hablando chino” en un futuro cercano. En mi mente no está trasladarme a Beijing a trabajar, ni siquiera en realidad de turismo. No he interactuado nunca con personas chinas, más allá de comprar el pan en la tienda de la esquina. A la mínima dificultad te planteas, ya sea de forma consciente o inconsciente, “para qué estoy yo haciendo esto”. Y si no hay una respuesta clara, las probabilidades de abandonar son elevadas.

Hay tantas cosas que podemos aprender… a día de hoy, con la cantidad de recursos disponibles, las posibilidades son infinitas. Nadie se puede refugiar en el “no tengo acceso al conocimiento” para no aprender. Y quizás por esa inmensidad de opciones, aplicando la paradoja de la elección, es fácil sentirse un poco abrumado.

El problema, además, es que muchas veces no se trata de encontrar algo “que me sirva” (que podría ser un proceso racional tras el cual podrías llegar a determinadas conclusiones), sino elegir algo “que me apetezca”. La motivación es esencial en el aprendizaje, como lo es en cualquier empresa a largo plazo. Es la motivación la que te hace ser un agente activo del proceso de aprendizaje (eres tú el que busca, el que estructura, el que aprovecha lo que aprende), y la que te hace superar los inevitables baches que se producirán en él (cuando estés cansado, cuando no te apetezca, cuando te tengas que quitar tiempo de otras cosas).

Dice Stephen Covey, en su clásico “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, que es necesario “empezar con un fin en mente”. Antes de lanzarnos a un proyecto, a una aventura, tenemos que tener clara una visión de cómo es el resultado al que aspiramos. Tenemos que ser capaces de visualizar cuál es nuestro objetivo, y cuanto más concreto mejor. Y esa visión tiene que emocionarnos, que ponernos las pilas. No es diferente en el caso de un proyecto de aprendizaje.

No es “quiero hablar chino”. Es “el año que viene voy de viaje a China y quiero ser capaz de enterarme de lo que pone en los letreros”. Es imaginarse en esa situación, y emocionarse con ella. Es dar sentido al aprendizaje. Si ese punto de llegada nos entusiasma, si realmente queremos alcanzarlo, nos resultará más fácil hacer el esfuerzo necesario. Nos animará cuando llegue la frustración, y nos dará motivos para seguir. Cuando vayas a plantearte aprender algo, somete esa decisión a un tercer grado: ¿realmente quieres aprender esto? ¿Por qué? ¿Para qué? Si no encuentras respuestas satisfactorias y emocionantes a esas preguntas, vas a tener un problema más pronto que tarde.



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